top of page

El viento silbaba ahora como si fuera una voz sobrehumana. El hombre se enroscó en su capa, adoptando la posición de un niño muerto de miedo. Todo era oscuro a su alrededor. Había perdido de vista los caballos y los árboles del camino. Lo único que avistaba eran los lejanos y fantasmagóricos destellos del rescoldo del fuego de Severo y Sabino. Empezó a tiritar y se encogió lo máximo que pudo. Por la frente le resbalaban gotas de sudor frío y tuvo que rascarse las manos pues sintió como se le llenaban de granitos sin motivo aparente. Al momento comprobó que temblaba debido a una especie de inesperado miedo enfermizo. ¡Pero miedo a qué! Ya no veía el fuego. A su izquierda, el castillo parecía estar de pronto habitado. Por las ventanas destrozadas y los huecos centenarios provocados por las catapultas de los “cristianos verdaderos” creyó ver la luz de lejanas antorchas en movimiento. El viento ahora parecía relinchar como un caballo desbocado, y le envolvía como un tornado. La oscuridad empezaba a ser completa. Las antorchas fantasmales del castillo se apagaron de repente. El pirata, tras escuchar un fuerte sonido similar al que haría un enorme hueso al troncharse, comprobó que ya no se veía ni su propia mano puesta enfrente de la cara. Gritó, pero el viento le devolvió sus gritos multiplicados por diez...

El Reino de los Malditos

 

viaje_Mallorca_-_español.jpg

A las 7:00 en punto el despertador realizó su despiadada tarea, causando el daño psicológico correspondiente. Tras los primeros momentos de atontamiento, desviamos nuestros pensamientos hacia el fabuloso desayuno que nos esperaba un piso más arriba y, quitándonos el sueño a puñetazos, conseguimos entrar puntuales al comedor a eso de las 7:30, respetando así nuestra espartana planificación. Una vez metidos en faena, sintiéndonos más expertos con aquel espacio y sus posibilidades, forzamos aún más la maquinaria de deglutir por si nos quedábamos sin poder almorzar, o casi, otro día. Mientras, en el exterior, amanecía bellamente—hoy, por fin, iba a lucir un Sol como el de las postales de Mallorca— y los barcos y los destellos de sus bruñidos mástiles se hacían incontables desde la Catedral hasta el mirador donde desayunábamos (de ahí el nombre del hotel, colegirá el sagaz lector). Aprovechando tan idílico espectáculo, en un momento de éxtasis paisajístico por parte de los otros pocos comensales y camareros, me acerqué disoluto a las mesas del buffet y distraje unos cuántos quesitos, bollos y piezas de fruta en la mochila; por si venían mal dadas. Y es que el viajero ha de ser precavido y aprovechar sin dudar las oportunidades que en cada aventura le van surgiendo.

Viaje a Mallorca

—Y ¿qué hubieras hecho tú?
—Negarme, por supuesto —aseveró Zoe, mirando fijamente a su interlocutor.
—Eso se dice muy fácil.
—Se dice y se hace muy fácil si se tienen cojones.
Hubo un silencio aterrador. Todos los reunidos en la sala sintieron una enorme admiración hacia Zoe. Todos, menos el gerente senior, que dijo furioso:
—Mañana, si queréis seguir trabajando en ADRIN, estaréis allí a las nueve. Y no se hable más.
Y se marchó de la sala dando un portazo, dejando detrás de sí un halo espeso e invisible de cobardía y mezquindad.

Las Sinergias de Marcio 6

La crónica de una muerte anunciada

Feliz_Navidad_..._o_no_-_Segunda_edición

—María, ¿qué te parece si le ponemos al niño de nombre Escipión? Como el gran general que derrotó a Aníbal —se atrevió a proponer un día José.

—Recuerda, virgen María; ¿estamos? Bien. En cuanto a lo de llamarle “Escipiote” o “Esciponce” o como se diga, de ninguna manera. Además, creo que el tipo ese era un romano, ¿no?

—Eh… Sí, era romano, pero doblegó a toda Cartago y…

—¡Que no!

—Bueno, bueno… Está bien. Y ¿qué te parece Espartaco o Alejandro? Estos no eran romanos y fueron grandes héroes en su tiempo. Pasaran milenios y se seguirá hablando de ellos.

—Otra vez. ¡Que no! Además, yo ya lo tenía pensado. Le pondremos Jesús, que es poco oído.

—¿Jesús? Y no te gusta más Leónidas, como el fiero rey espartano que se enfrentó a las cien naciones persas y…

—Que no me cuentes más batallitas de las tuyas. ¡Jesús he dicho! Como mucho, para distinguirle del populacho, Jesús de Nazaret. Y ya está. ¡Fin de la conversación!

Y José se resignó y tragó.

Feliz Navidad... o no

Mi padre fumaba mucho cuando yo era un niño. En concreto le gustaban los “Celtas”, que era una marca de tabaco negro con una oscura leyenda de dureza a sus espaldas. La cajetilla era bonita y épica: bajo el nombre de la marca había un imaginario guerrero celta dibujado, que parecía más bien un vikingo, con su espada en alto, su escudo y su casco alado. Para ahorrarse algún duro, mi padre compraba el tabaco por cartones, de manera que a veces entraban en casa varias decenas de cajetillas de una tacada. Cuando no me veían, cogía esos ladrillos que en realidad eran las cajetillas a mis ojos y daba rienda suelta a mis dotes de arquitecto y diseñador de espacios. Así, hacía torres, pirámides y casas de elegante y cuadrado diseño. Pero lo que mejor se me daba era construir recias fortificaciones para los Clips de Famobil, con sus puertas hechas con tres cajetillas y sus muros a doble altura. Los Clips vivían algún tiempo en paz, defendidos por tan bien diseñada empalizada. Pero en mis juegos infantiles siempre existía el drama y el conflicto, incluso la guerra; y así, un día inesperado, de lugares remotos y con intenciones de conquista, aparecían dos muñecos Geiperman, tres o cuatro veces más grandes que los pobres Clips y, si comparamos los diseños de unos y otros, en un estado de evolución bastante superior. Entonces era cuando mis muros de cajetillas de Celtas tenían que demostrar su valía. El choque entre las dos civilizaciones siempre era cruento y sin cuartel; y como no podía ser de otra manera, las primeras bajas se las llevaba el tabaco.

Quizás, en las pruebas de resistencia que representaban estas batallas para mis construcciones, algunas cajetillas terminaban abolladas, incluso rotas; por fuera y por dentro. Pequeños daños colaterales que en cualquier estudio de resistencia de superficies hay que asumir. Pues lejos de alabar mis inquietudes arquitectónicas, mis padres afeaban mi conducta, regañándome, y me quitaban la materia prima con la que formaba mis sueños edificables.

Los pobres Clips de Famobil, sin defensas estructurales, aturdidos mientras veían como sus muros defensivos desaparecían hacia el cielo por fuerzas que no comprendían, eran barridos por los dos Geiperman, que aprovechaban el inexplicable golpe de suerte sin piedad. Una carnicería.

Nostalgias Pretéritas

III - Docencias y otras miserias

Las Sinergias de Marcio

bottom of page