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El caldito

  • Foto del escritor: Mario Garrido Espinosa
    Mario Garrido Espinosa
  • 22 dic 2024
  • 4 Min. de lectura

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Aunque la vida de parvulario es casi una nebulosa en mi memoria, por el contrario, tengo perfectamente fijado en mis recuerdos lo que ocurría justo al salir todos los días. Allí estaba mi abuelo Primitivo en la misma esquina, en animada charla con algunas madres que también esperaban y a las que doblaba la edad. Cuando salíamos en tropel la marabunta de pequeñajos, mi abuelo se despedía educadamente e iba a mi encuentro. De camino a casa parábamos en un bar de reducidas dimensiones. Era de esos de la época en cuyos cristales solía haber dibujado de manera realista a la par que caricaturesca un pulpo y un plato de patatas bravas, con la explicación o “leyenda” del gráfico justo debajo. En nuestro caso, sin querer ser repetitivo en mi explicación, indicaba justo eso: “pulpo” y “bravas”. Ya en el interior, día tras día, cual si fuera una escena del Museo de Cera, se podía ver la misma clientela, posicionada en el mismo sitio, consumiendo lo mismo y casi en idéntica postura. Nosotros no éramos muy distintos y acudíamos a nuestra posición de la barra, siempre vacía en espera de nuestra llegada. Se trataba de un bar de costumbres inquebrantables. Así las cosas, invariablemente, mi abuelo se pedía un jerez y para mí había siempre preparada una taza de caldo de cocido que me sabía a gloria después de toda la mañana de actividades en el parvulario. Yo soplaba porque estaba muy caliente y entonces mi abuelo echaba un poquito de su jerez en mi caldo y aquello se convertía en una sinfonía de aromas y sabores que yo me bebía de a poco, intentando no escaldarme la lengua, sabiendo que, además, los parroquianos del bar disfrutaban viendo lo bien que me sabía “el caldito”. Al fin y al cabo, todos eran amiguetes de generación y del barrio de mi abuelo y todos habían vivido la guerra, la posguerra, el hambre y todo eso… Pero también los años anteriores, cuando ellos mismos habían sido niños. Supongo que les evocaba recuerdos de principios de siglo, en su pueblo o en la ciudad, tomando algún caldo similar, quizás hecho por su abuela, soplando al tazón… Volviendo en definitiva a paladear aquellos momentos, aromas y sabores de su lejana infancia.

—Anda, dame un duro de boletos —pedía a veces mi abuelo rumboso.

—Como estos —contestaba el dueño del bar, sacando de una urna de cristal un montón de boletos sin contar cuantos iban. A bulto. Los que cupieran en su mano, que no era pequeña.

Estos llamados “boletos” eran unos papelillos doblados por la mitad y sellados en sus bordes. Tenían un tamaño algo mayor al de un sello de correos de los del Rey. Estaban impresos en un horrendo blanco y negro y solían tener dibujados los símbolos de los naipes de la baraja española o francesa. También mostraban engañosos eslóganes del tipo “Toca siempre” o “Premio seguro”. Mi abuelo me daba unos cuantos para que se los abriera con mis pocas habilidosas manos. Una vez descubierto el secreto que guardaba aquel doblez, yo no era capaz de saber si había tocado algo o no, pero siempre miraba con curiosidad la imagen que había estampada dentro: la mayor parte de las veces se trataba de una figura de la baraja (por ejemplo el Rey de bastos o el de oros), pero a veces aparecía una casi inapreciable (debido a la malísima impresión) mujer en bikini o puede que algo más ligera de ropa, dispuesta siempre de manera que no llegaba a enseñar nada. A pesar de mi corta edad, aquellas jóvenes tan descocadas no dejaban de ser de mi gusto, aunque aún no supiera muy bien por qué. Al fin y al cabo, la infancia también es capaz de apreciar la belleza si se le muestra, aunque sea en un boleto de aquellos.

Comprobando que no había tocado ningún premio, mi abuelo tiraba resignado los papelillos al suelo, donde se perdían entre muchos otros de sus iguales, algunas cabezas de gambas arroceras, servilletas de papel usadas y otras inmundicias que en aquellos tiempos de higiene descuidada poblaban los suelos de los bares con más enjundia y solera. Después solía charlar con alguno de los parroquianos mientras yo concluía mi taza de delicioso caldo de cocido. Apurado el suculento líquido hasta la última gota, devolvía el recipiente a mi ascendiente para que lo dejara en la barra, superficie inexpugnable en altura dada mi corta edad. Entonces, en ocasiones, el señor que daba palique a mi abuelo, miraba hacia abajo y, al verme “tan majo”, echaba mano al bolsillo y me daba un duro; hasta una moneda de veinticinco pesetas cayó alguna vez en mi mano, cantidad que era una verdadera fortuna para un niño de menos de cinco años de los setenta. Es de suponer que el abuelete que me hizo tan generoso donativo andaría, el pobre, algo mal de la vista. O era mi hada madrina disfrazada.


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