Navidades Sorprendentes: Las tribulaciones del pobre San José
- Mario Garrido Espinosa.
- 17 dic 2017
- 16 Min. de lectura
Actualizado: 18 dic 2024

Feliz Navidad o no | Amazon en español | leer libros gratis | humor negro | Cuentos Navidad | Canción de Navidad | humor Navidad | frases Navidad | libros baratos amazon
Mujeres, estad sujetas a vuestros maridos, como conviene en el Señor.
Colosenses 3:18
1
José era un hombre piadoso y resignado, nadie lo ponía en duda. María era una bonita muchacha que arrastraba cierta fama de caprichosa e impertinente. Sobre todo en los últimos tiempos, después de que fuera agraciada con ciertas dádivas celestiales, presentes y futuras. Por eso, cuando se supo que se casarían, todos en Nazaret pensaron que algo no encajaba. José, además, por edad, podría haber pasado por ser el padre de su joven prometida y aunque el hebreo medio se había vuelto muy liberal desde que Roma había conquistara aquellas tierras, nadie entendía un casorio entre novios tan alejados en edad y condición. Al fin y al cabo, el desposado era un pobre carpintero sin ningún capital, cosa que de ser al contrario habría silenciado cualquier habladuría. A pesar de todo, ningún vecino podía negar que José parecía querer bien a aquella joven malcriada; sin embargo, ella no perdía oportunidad de airear su disgusto por tener que contraer nupcias con un humilde villano que le doblaba sobradamente los años.
—El Todopoderoso podía haberme elegido un marido más joven, guapo y rico. Con tierras y palacios. Alto y fuerte. ¡Que va a ser el esposo de la madre del hijo de Dios! Que luego la Historia Universal hablará de nosotros y los cuadros que se pinten, con semejante “pegote”, van a resultar deslucidos—se lamentaba inmisericorde, a veces en voz alta, ignorante de las muchas virtudes de José. Pero afortunadamente, la elección había sido muy meditada, ya que el Creador andaba totalmente involucrado en este asunto. Y no va a saber María más que Él.
José, resignado como siempre, acudía a su carpintería a trabajar de sol a sol y cuando llegaba a casa, rara vez encontraba a su esposa. La joven andaba endiosada con su nuevo estatus, presumiendo aquí y allí de codearse con ángeles, entre otras experiencias insólitas.
«Soy la elegida del Señor», se vanagloriaba ante quién quisiera escucharla; y no todos los hombres que se le acercaban tenían una reputación intachable. Y la gente empezó a murmurar también sobre esto y el día que se supo a ciencia cierta que María había sido embarazada de manera, digamos, poco acostumbrada, se radicalizaron aún más las habladurías. Aquel acontecimiento histórico que engendraría una religión nueva en la que los hombres pudieran depositar su fe durante milenios, al bueno de José le perjudicó en su honor de manera definitiva. Algunos dirán que por estas cosas llegó a ser santo, pero, en cierto modo, también fue mártir, el pobre.
—¿Cómo es posible? Si tú y yo no hemos… —no paraba de preguntar José cuando su esposa le comunicó que estaba en cinta.
—Ha sido Dios —era siempre la desconcertante respuesta.
—Cómo dices… Dios… Pero, Dios, Dios…
—Sí, Dios, el de Abraham y el de Moisés… Yahvé de toda la vida… Que pareces tonto —le reprochaba María, que, a pesar de ser ya una mujer casada, seguía siendo arisca y maleducada, como cuando era una adolescente—. Y, además, que quede claro desde el principio: soy virgen. Y para que no se le olvide a nadie, a partir de ahora me llamarás “virgen” María, que a estos galileos les gusta mucho hablar…
Y se habló y mucho del pobre José, de cornamentas y teóricos hijos de Dios y es que iban a llegar treinta y tres años de milagros sin cuento; pero en aquel tiempo, por muy bíblico e importante que fuera, la cosa estaba muy verde.
Y José, hombre resignado, tragó con todo su santo y natural estoicismo.
2
—María, ¿qué te parece si le ponemos al niño de nombre Escipión? Como el gran general que derrotó a Aníbal —se atrevió a proponer un día José.
—Recuerda, “virgen” María; ¿estamos? Bien —exigió con rudeza la joven—. Y no te olvides, además, que tarde o temprano me han de conceder el dogma ese de no tener “pecado original”. Así que soy virgen e inmaculada. Las dos cosas. Si no soy alguna más que todavía no sepa… Con lo que vete acostumbrando de una vez a ponerme el adjetivo delante del nombre. Que no es tan difícil.
—Está bien, inmaculada María.
—Eso es. “Purísima” también me vale; o “bienaventurada”, “gloriosa”, “santísima”… Como ves, no tienes por qué repetirte.
José suspiró.
—Entonces, ¿Te gusta el nombre para el niño? —intentó reconducir la conversación.
—Por supuesto que no. De ninguna manera. ¡Llamar a mi hijo “Escipiote” o “Esciponce” o como se diga! ¡En qué cabeza cabe! Además, creo que el tipo ese que dices era un romano, ¿no?
—Eh… Sí, era romano, pero fue un gran militar y estratega que doblegó a toda Cartago y venció en la batalla de…
—¡Que no!
—Bueno, bueno… Está bien. Y ¿qué te parece Espartaco? Este no era romano.
—De ningún modo. El niño no se llamará “Esparteros”, ni su caballo, ni los cojo… —La santísima virgen de pronto calló ante la grandiosidad de la ordinariez que a punto estuvo de pronunciar. Todo tenía un límite. Tampoco se explicaba cómo en su cabeza se había mezclado aquel nombre que jamás había proferido, el noble equino y… lo otro. Acaso, dada su misión en la Historia, estaba siendo bendecida con conocimientos más allá de su compresión. Acaso en eso consistía la santidad.
—Espartaco. Me refiero a Espartaco —volvió a reconducir José, también asombrado de las cosas incomprensibles que decía su esposa —. El gladiador más admirado. El héroe de los oprimidos. La leyenda de…
—Uff... —resopló la bienaventurada, saliendo de su ensimismamiento—. Pero es que no entiendes lo que digo. ¡Tan difícil es!
—¿Y Alejandro? Tampoco era romano y fue el más grande estadista de su tiempo —insistió el carpintero, que había barajado varias opciones igual de buenas—. Pasaran milenios y se seguirá hablando de él. Se escribirán canciones y relatos sobre su vida y hazañas…
—Otra vez. ¡Que no! Además, este tema yo ya lo tenía pensado. Mi hijo se llamará Jesús, que es poco oído.
—¿Jesús? Y no te gusta más Leónidas, como el fiero rey espartano que se enfrentó a las cien naciones persas y…
—Que no me cuentes más batallitas de las tuyas. ¡Jesús he dicho! Como mucho, para distinguirle del populacho, Jesús de Nazaret. Y ya está. ¡Fin de la conversación!
—Bueno… será en todo caso, Jesús, hijo de José; como tenemos por costumbre decir —se arriesgó a puntualizar el carpintero.
—Sabes que eso no es del todo exacto. No querrás que te lo vuelva a explicar, ¿verdad? Mejor no confundir a las gentes: Jesús de Nazaret, hijo de la virgen María. Que en esto último no hay duda que valga —zanjó la “purísima” con su natural aspereza.
Y José se resignó y tragó, valiéndose de su santa paciencia.
3
—Virgen María, mira, estoy haciendo herramientas de juguete para que Jesús aprenda desde pequeño el oficio de su padre.
—Bueno, su padre, su padre de verdad, técnicamente, no ejerce ninguna profesión. Al menos de las que ejercen los mortales —precisó la inmaculada con muy mala uva y hablando muy despacio. Siseando de manera rastrera.
—Bueno, de su padre adoptivo o le que sea yo —matizó con tristeza José—. Jesús será un gran carpintero, ya verás. Yo me encargo. Hará las mejores cruces de esta parte de Judea.
—Menuda cruz tengo yo contigo. Mira que eres cansino. Jesús está llamado a hacer grandes prodigios como el hijo de Dios que es, así que ya escogerá él el oficio que mejor le convenga… O no hará nada y se irá con sus acólitos a predicar y a hacer milagros; o lo que sea que hacen los hijos de Dios cuando vienen a la Tierra. Que aunque tenemos, de momento, poca experiencia en estas lides, poco más o menos nos podemos hacer una idea de lo que va a pasar.
—Pero es tradición de nuestro pueblo que los hijos sigan el oficio de su padre, al menos los primogénitos.
—Es verdad y eso es justo lo que ocurrirá.
—No te entiendo —titubeó José, mirando la expresión maliciosa de su esposa—. Entonces, ¿te parece bien que enseñe a Jesús todo lo que sé de carpintería?
—Efectivamente, no lo entiendes —concluyo María—. Por supuesto, Jesús seguirá nuestras sagradas tradiciones y honrará a su padre continuando las labores de este…
—Lo que yo decía, ¿no?
—¡No! —negó con la contundencia de un martillazo—. Porque vuelves a olvidarte de que el oficio de su “verdadero” padre no es el de carpintero, ¿a qué no?
—Eh…
—¡Es el oficio de Dios! —vaticinó señalando con su mano derecha hacia el cielo. Igual que un iluminado, pero, a diferencia de estos, con conocimiento de causa—. Y a eso se dedicará…
José la miró con inmensa tristeza.
—Venga, asúmelo, que no es para tanto —consoló, a su manera, la virgen, dándole dos palmaditas en la cara a su desconcertado esposo—. Olvídate del asunto. Tu intención era buena, pero… mal dirigida. No pasa nada. Hala, vete a la carpintería, deja de inventar cosas y permite que los acontecimientos sigan su natural curso. Así sufrirás menos…
Y José siguió resignándose y volvió a tragar haciendo gala de su santa e innata tolerancia.

4
—María, sal un momento a la puerta y mira lo que he traído —dijo José un buen día cuando volvió del trabajo.
—¡Virgen María! Con el “virgen” delante… ¿¡Cuántas veces te lo voy a tener que repetir!? —gritó su esposa desde el interior de la casa—. ¡Pero es tan difícil de recordar!
José miró al cielo en busca de ayuda, suspiró y, conteniéndose, pidió:
—Por favor, ven a ver.
—Está bien —concedió la purísima—, pero espero que no sea otra de tus tonterías. Que estás muy tonto últimamente.
Durante el día habían venido a la carpintería de José muchos de sus clientes y amigos. Tras enterarse de la buena nueva, quisieron regalarle todo aquello que le pudiera ser de utilidad al futuro recién nacido. José, feliz y agradecido, cargó todo en un carromato que le prestó el frutero de la tienda de al lado y lo arrastró por todo el pueblo hasta la puerta de su casa.
—Pareces un animal —fue lo primero que le dijo su joven esposa nada más verlo—. Mira como sudas. Para que te dé algo.
—No importa. Estoy bien. Pero mira todas las cosas que nos han regalado para Jesús: túnicas y sandalias de bebé, una cuna, sonajeros de hueso, cremas y jabones…
—Todo eso son baratijas y basuras de las que nadie quiere —despreció inmisericorde la bienaventurada.
—No, no… Es verdad que la mayoría son cosas de segunda mano, pero están en perfecto estado. Y hay algunas que están nuevas, a estrenar. Mira por ejemplo esta ropita de bebé. —José buscó un saco de lana y se lo ofreció a su esposa como si fuera un tesoro—. Por desgracia nada de esto se llegó a utilizar. Y costó sus buenos cuartos. La compró Mehetabel Hanin para su hijo… Pero el pobre bebé nació muerto.
—Ya lo sé. Lo recuerdo perfectamente —dijo con algo de tristeza María. Ella había llorado también con aquella tragedia en su día; cuando era una muchacha corriente del vecindario. Antes de que el ángel Gabriel pasara por allí y anunciara cierta información que le cambió su estatus de aldeana al uso al de “personaje importante de la historia de la humanidad”. Nada menos—. Lo pasé muy mal. Me afectó profundamente.
—Lo sé. Me acuerdo de tu duelo…
—Pero eso es el pasado y ahí debe de quedarse —concluyó María, desterrando sin esfuerzo aquellos terribles recuerdos—. Ahora se abrirá un mundo nuevo. Así que no quiero desechos de infortunios pasados. Ni nada de todo eso.
—Pero… Pero ¿por qué?
—El hijo de Dios no usará cosas usadas ni destinadas a otros niños que no llegaron a ver la luz del día. Eso traería la mala suerte a nuestras vidas. No sería un buen comienzo.
—¡Sería un gran comienzo! —se revolvió José—. Un comienzo lleno de fraternidad entre vecinos, de generosidad, de esperanza y buenos deseos.
—¿Buenos deseos? ¿De quién? De esos pordioseros amigos tuyos. El Altísimo no se ha molestado en traer a la tierra a su hijo para que vaya por ahí como si fuera un mendigo. Y debiendo favores a tales.
—Es verdad que la mayoría es gente humilde, pero buena. —recondujo José—. Y seguro que nuestro hijo les agradecerá tanta atención. Y, por supuesto, nunca pedirán nada a cambio. Aunque presiento que nuestro hijo les dará mucho… Aunque no sean cosas materiales.
—Puff… ¿Tú qué sabrás? —despreció la malcriada María, tocando las cosas como si segregaran mal olor.
—Fíjate en esto —terció José, intentando por enésima vez que su esposa viera la suerte que tenían por ser tan apreciados por sus vecinos—. Me lo ha dado Saúl Barhuni, el inventor.
—¿Tu amigo el loco?
—¡No está loco! Es un genio. Un sabio. Y un buen hombre también.
—Ya. Lo que tú digas.
—Anda, ponte esto en la oreja.
La mujer cogió lo que le daba su marido con desgana. Era una especie de cubilete del que salía un hilo de varios metros que terminaba en otro cubilete similar.
—Estate atenta —le avisó José y se fue detrás de la casa con el otro cubilete. El hilo que los unía se tensó, doblándose por las esquinas de las paredes. Entonces José habló por su vasija:
—¡Hola, hola! ¿Me oyes?
María tiró su cubilete asustada cuando escuchó la voz de su marido como si lo tuviera enfrente.
José notó como el hilo perdía tensión y corrió a la puerta de su casa. Su mujer tenía el rostro demudado.
—¡¿Qué brujería es esta?!
—Ninguna, mujer. Es el último invento de Saúl… Imagínate lo útil que puede ser: ponemos un extremo junto al niño cuando duerma y nosotros podemos seguir con nuestras labores en otro sitio. Si el niño empieza a llorar, lo escucharemos gracias a este artilugio y podremos ir a ver qué le pasa. ¡Es genial!
—¡Es una abominación!
—¡Que no! Estoy seguro que en cuanto Saúl perfeccione un poco más este invento y registre la patente se va a hacer muy popular. Todos los padres de Palestina se harán con uno.
—¡Dios no lo quiera!
—No sé por qué me da que este invento se utilizará por siempre —aventuró soñador José—. Y no sólo con los bebés… También para comunicarse entre adultos. Saúl me ha dicho que su idea es poner un cubilete en cada casa y tensar los hilos a dos metros de altura. Así podríamos hablar con el vecino sin salir del salón. ¿Te imaginas?
—No digas tonterías —exigió la virgen todavía con el susto en el cuerpo—. Llévate de aquí este artilugio del Demonio. ¡Quítalo de mi vista!
—Pero mujer…
—¡Ya basta! Tíralo todo. No quiero ver todas esas minucias cerca de mí. Y no se hable más —zanjó María y se metió en la casa, evitando cualquier réplica.
Y José tuvo que ceder y no volver a “hablar más” del tema con su esposa.

5
—María… Esto, quiero decir, virgen María, vengo de echar una inscripción en el Colegio del Profeta Jeremías —informó José, muy feliz—. Hay que hacerlo con tiempo, ya sabes… Es una institución muy exclusiva y tardan años en sacar plazas nuevas. Cuanto antes estemos apuntados mejor.
—¿Es que vas a ir tú al colegio ahora? —respondió con su habitual sorna la purísima.
—No, claro que no. Es para Jesús. Yo trabajaré duro para poder pagarlo, no te preocupes. El niño tendrá la mejor educación que se puede dar en esta parte de Judea.
—Y ¿quién te ha pedido que hagas nada? Jesús es el hijo de Dios, vendrá con el conocimiento de serie y no necesitará de las clases de este mundo…
—Pero mujer, por muy listo que sea el niño nunca está de más que reciba la mejor formación. ¿Has visto el folleto? —preguntó José, tendiéndole un papiro promocional a su esposa—. A partir del año que viene van a empezar con el programa bilingüe hebreo-latín. Con profesores nativos, venidos desde la península itálica, algunos nacidos en la misma Roma. Ya sabes lo importante que es saber latín para moverse por el imperio o para encontrar un trabajo. Además, dan la opción de estudiar un tercer dialecto: galo, griego, picto, godo… Cuando terminan el último año lectivo salen sabiendo leer y escribir jeroglíficos egipcios como si fueran oriundos de Tebas. A los jóvenes que estudian en el Profeta Jeremías se los rifan para trabajar en la administración, en el senado, recaudando impuestos… En los mejores trabajos. O se convierten en dramaturgos, poetas o historiadores. Tendrías que ver las listas de hombres ilustres que tienen cinceladas en una pared de la entrada: los más insignes matemáticos, físicos, médicos, estrategas… Hasta algún profeta; y de los que aciertan en lo que vaticinan. Todos empezaron estudiando en el Profeta Jeremías.
—Jesús no aparecerá en ninguna de las listas de mediocres de ese colegio. Mi hijo, el hijo de Dios —remarco María, machacona—, sobresaldrá muy por encima de todos ellos y con su hacer en vida borrará el recuerdo de todos. Y de muchos otros.
José miró a su esposa como si estuviera loca. Loca de soberbia, de insolencia, de vanidad. O simplemente loca al estilo tradicional. Pero sus ojos parecían decir la verdad. Una verdad que quizás le había sido revelada por aquel ángel que le vino a visitar y que cambió la vida de todos.
—Pero si tan alta va a ser la epopeya de nuestro hijo, bueno será que aprenda idiomas —intentó convencer José a su esposa—. Ya te he dicho que El Profeta Jeremías es el mejor en esta disciplina. Vienen incluso de las provincias de al lado a formarse aquí. Y ahora que el Imperio pretende pasarse unos siglos conquistando el mundo conocido que le queda, va a haber mucha demanda de intérpretes solventes para parlamentar con los bárbaros o redactar acuerdos de rendición o de paz. Yo quiero que nuestro hijo sea parte de todo esto y, quién sabe, si se esfuerza y prospera, podría llegar a ser tribuno de la plebe o cónsul. ¿Te imaginas María? ¡Cónsul de Jerusalén!
La virgen miró a su marido con severidad. Hacía mucho tiempo que no le escuchaba hablar tanto sin tener el ánimo de interrumpirle. Mostrando una paciencia que no recordaba haber tenido nunca.
«¿Será esto una señal de que cada vez soy más santa?», se preguntó.
—Entonces, ¿te he convencido? —dijo esperanzado José, no sabiendo interpretar aquel extraño silencio.
—Por supuesto que no —negó sin paliativos la santísima.
—Eh...
—Harás bien en quitarte todas esas fantasías de la cabeza porque no van a pasar. Jesús no trabajará para Roma y mucho menos se convertirá en un ciudadano ejemplar, respetado y próspero. Dios, su padre verdadero, no te olvides, maneja una planificación distinta para él. De hecho, se convertirá en un grano en el culo de Roma —dijo la muchacha con su natural mala intención y vocabulario tabernario.
—Pero…
—No hay peros que valgan. Esto que te cuento, lo creas o no, será cierto. Se escribirán evangelios con su historia y algunos de esos escritos se considerarán palabra de Dios y serán venerados como tales durante milenios —sentenció la mujer embarazada, haciendo uso de toda la información privilegiada con la que contaba desde que había recibido la enunciación de Gabriel—. Y, por supuesto, el niño no se va a dedicar a estudiar en ese colegio para “romanizados” y otra gentuza. De hecho, no va a necesitar estudiar. Algo me dice que será él el que de las clases magistrales apenas aprenda a hablar. Incluso en el templo, ante los doctores de la ley y otros sabios, será escuchado. Ya verás. Que lo que llevo en el vientre no es un hebreo analfabeto de estos de por aquí. ¡Que es el hijo de Dios! Que no te enteras —culminó la virgen María y rompió el papiro promocional en cuatro añicos.
Resignado quedó José y volvió a tragarse el orgullo con su santo y natural aguante.
6
Entonces, en tiempos del cónsul Poncio Pilatos, gobernador de Judea, en un portal en la aldea de Belén, nació Jesús, al que llamarían el salvador, hijo de Dios y muchas cosas más que ya sabemos.
José, que en su calidad de padre en la tierra estaba allí, cogió al bebé entre sus brazos y lo abrazó con fuerza como si fuera sangre de su sangre. Y el niño le devolvió el abrazo con toda su infantil potencia, que era mucha, dado el personaje. Y a Dios le pareció bien.
—Pero ¿qué haces, atontado? —le reprendió la madre, envidiosa del afecto que demostraba su hijo hacia José. Pareciera que el niño supiera de todos los desvelos que había tenido el hombre durante su gestación—. Trae al niño que lo voy a dar de mamar. Si no sabes ni cómo cogerlo…
Pero José no le hizo caso. Se llevó al bebé y se lo mostró orgulloso a los pastores de por allí, los cuales se arrodillaban al ver el extraño resplandor que coronaba la cabeza del recién nacido.
—¿Eso qué es? —se preguntó uno.
—Acaso lleva una lámpara de aceite en la nuca —aventuró otro.
—¡Que no hombre! Que es “El Esperado”… —dijo con exactitud un tercero.
—¿El esperado? Pues no sabía que estuviéramos esperando a un bebé. Yo al único que espero siempre es a Godot Abba Zedek, el casamentero. A ver si por fin me encuentra una esposa. Pero desde hace meses ni está ni se le espera.
—Pues Habacuc Sabam, el comerciante de especias de Oriente tampoco es. Es bajito y aniñado, pero no tanto. Ya va para un año que no aparece por el pueblo. Mi comida está sosa y sin sustancia desde ya no recuerdo cuándo. Llevo meses esperándole. Y nada.
—¡Pero será posible esto! ¡Qué tonterías estáis diciendo! ¡Que ese niño es Jehová! ¡El cordero de Dios! ¡El que nos salvará de nuestros pecados! Que todo hay que explicarlo.
—Ah —dijo el primero, abriendo mucho la boca.
—¡Qué cosas! —dijo el segundo, con expresión bobalicona.
—¡Arderéis en el infierno! —presagió el tercero.
José, ignorante de las conversaciones de los pastorcillos, siguió con su periplo. Así, llegado a la plaza principal de Belén, se topó con una señora mayor con la vista ya algo mermada.
—Es igualito a ti cuando tenías su edad. Mira, los mismos ojos… —dijo nada más ver al sonriente bebé, confundiendo a José con uno de sus primos—. Y tiene la misma cabeza redonda. Y la barbilla de tu madre. Y se ríe igual…
La mujer cogió a Jesús como si fuera de su familia y le dio un fuerte achuchón y un sonoro beso. El niño devolvió la gentileza con gran cariño.
—¡Y tan fuerte como su tío Aarón Abrami, el que tumbó un toro de un cabezazo!— exclamó la buena mujer, añadiendo nuevos miembros ficticios a la familia de Jesús. Y quizás inventando también gestas que nunca ocurrieron.
De pronto, aparecieron tres simpáticos reyes magos, al parecer llegados de Oriente para la ocasión. De sus camellos descargaron regalos para Jesús. Uno de los presentes parecía de oro. Los otros eran cosillas más del montón. José agradeció igual el detalle.
Tras despedirse de los distinguidos astrólogos, José avanzó por la calle principal del pueblo hasta llegar a la sinagoga. El rabino recibió a José con los brazos abiertos y, acto seguido, bendijo al recién nacido. Los vecinos de Belén se agolpaban en la puerta. Maravillados sin saber por qué.
Padre e hijo fueron dichosos y con esa felicidad, una hora después, en loor de multitudes, regresaron al portal donde la malhumorada virgen María, la purísima e inmaculada, esta vez sí, estaba resignada y tragó con todo.
7
Y años después, cuando la virgen no estaba, José contó a Jesús la historia de Escipión el Africano y sus grandes hazañas durante las Guerras Púnicas; y el niño, con la imaginación disparada, jugó muchas veces a que era un gran general romano de los de antes, de los que eran capaces de diseñar estrategias infalibles para ganar cualquier batalla. Y así, muchas veces creyó que podría vencer él solo a las terribles hordas cartaginesas, a sus elefantes y a sus catafractos. Sin producir apenas bajas, por cierto.
Y Saúl Barhuni, el culto y bondadoso inventor, pasó tardes enteras con Jesús, enseñándole mediante ingeniosos juegos los principales fundamentos de la matemática, la física y la mecánica, que el niño absorbía sin apenas esfuerzo. Y el sabio se maravilló más de una vez con las ideas que a veces le proponía su joven amigo para mejorar sus inventos. Todas ellas realizables y geniales. Cosas que él jamás habría llegado a imaginar, a pesar de sus conocimientos y años de trabajo.
Y José contrató al prestigioso profesor Malaquías Navon, jefe de estudios del Colegio del Profeta Jeremías, para que cuando los jueves la virgen María acudía semanalmente a ver a su madre Ana, le diera clases a Jesús de latín y de otros idiomas. El profesor se negó a cobrar, sintiéndose muy honrado por aquel encargo. El niño era aplicado, aprovechó bien las lecciones y, ya de mayor, hizo buen uso de su bilingüismo cuando anduvo ocupado con su apostolado.
Y José hizo de su hijo un gran carpintero, que dio merecida fama a su negocio por toda la región. “Muebles de una duración y resistencia milagrosa”, decía uno de los nuevos eslóganes de la carpintería. Y no era publicidad engañosa.
Y, como es sabido, Jesús, gracias en parte al ejemplo y empeño de José, se convirtió en un hombre que hizo grandes cosas.
Y José no volvió a resignarse más.
Y a Dios le pareció bien.
Acabas de leer uno de los 7 cuentos del libro "Feliz Navidad.. o no". Si quieres leerlos todos, pincha aquí. Recuerda que puedes leer el libro gratis con amazon kindle unlimited :)
Otros enlaces que te pueden interesar:
El libro con todos los cuentos --> pincha aquí.
El libro traducido al italiano --> pincha aquí
Más artículos como este --> pincha aquí.
Libros de Mario Garrido --> pincha aquí.