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LAS VACACIONES DE ANTAÑO (2)

  • Foto del escritor: Mario Garrido Espinosa
    Mario Garrido Espinosa
  • 8 ago 2019
  • 2 min de lectura

Actualizado: 1 jun 2025

Portada de un revista antigua con un coche Seat 127

Uno de los primeros días de agosto, a las ocho de la mañana ya teníamos cargado el Seat 127 con una montaña de bultos, la mayor parte de ellos en la baca. Entre los sufridos y deshilachados pulpos que intentaban sujetar todos aquellos enseres figuraban la mayor parte del material de camping: una tienda de campaña que pesaba sesenta kilos, una cocina portátil con su armario, otro armario plegable para la ropa, cochones inflables, el inflador, la rígida nevera portátil, sacos de dormir, almohadas, cacharros, el camping gas con su bombona, una mesa, sillas y tumbonas plegables… Y sabe Dios qué me estoy olvidando. Además, en el maletero se encajonaban como piezas del Tetris el resto de las cosas, entre ellas un jamón o una paleta que también se compraba para el consumo y disfrute de los siguientes días. Y no es que fuéramos ricos, es que en aquel tiempo un humilde sueldo de oficial de encuadernación, oficio de mi padre, daba para permitirse unas vacaciones de este tipo y duración en familia. Y no hacía falta que la otra parte de la unidad familiar, esto es, la madre, también trabajara —por obligación, se entiende— para que los ingresos familiares dieran de sí lo suficiente para sufragar estos lujos estivales. En aquel tiempo de pesetas y duros, justo un poco después de que desaparecieran de la circulación las monedas de céntimos con la efigie de un dictador que algunos se empeñan en no olvidar nunca, un único sueldo de un ciudadano medio daba para mantener con dignidad una familia, hipotecarse un número razonable de años para comprar una casa en un barrio humilde —¡y a mucha honra!—, tener un coche de gama baja, criar dos hijos y mil cosas más; sin olvidarnos del referido ¡mes de vacaciones en la playa! Luego, durante décadas, se subieron los impuestos y los precios de las cosas y servicios de manera injustificable y se tomó la fea costumbre de estancar o bajar los sueldos mientras el coste de la vida no frenaba su loca carrera hacía el infinito. “Precarizar” lo llaman algunos; otros, los del lado opuesto, lo definen como “ser más competitivos.” El nombre puede ser todo lo ingenioso que quieran imaginar, pero el resultado ha sido el mismo: pensar ahora en unas vacaciones de casi un mes en un camping, como las que disfrutaban muchas familias en los ochenta, es sólo una nostalgia, igual que el presente relato.

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