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El paso elevado

Foto del escritor: Mario Garrido EspinosaMario Garrido Espinosa

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Algunas tardes, cuando era un niño, acudíamos a visitar a la abuela María. Primero, mi madre y yo, íbamos a buscar a su mejor amiga, Loli, ya que su casa pillaba de camino. Tras avisarla por el portero automático, bajaba junto a su hija, Eva, que era de mi misma edad más o menos, y los cuatro dábamos un paseo hasta la casa de la abuela. Para ello, debíamos cruzar por la franja de casas llamada Santa Margarita, circunscripción indeterminada que, en teoría, separa las colonias de San Ignacio de Loyola y Parque Europa, todas ellas pertenecientes al barrio de Las Águilas, y que junto a muchas otras de su misma especie conforman esa acotación que llamamos ciudad; entidad esta que sabemos que se divide en distritos, barrios, colonias, suburbios, parroquias, vecindades, zonas y otros territorios que, en realidad, nadie conoce a ciencia cierta donde empiezan y acaban.

A mitad de camino nos esperaba un mítico paso elevado. Por debajo de aquel viejo puente rojo discurría una vía de tren que iba a parar a los cuarteles de Campamento o a cualquier otro lugar insospechado. Yo nunca llegué a ver un tren por esa vía, pero sí recuerdo —o quizás sólo ocurrió en mi imaginación— el sonido del silbato de la locomotora, escuchado en la distancia desde algún otro lugar de la barriada, desde la casa de mis padres o mientras esperaba con impaciencia que acabara la aburrida eucaristía, cualquier domingo, metido muy a mi pesar en la iglesia ubicaba paralela a la vía. Y es que nuestro humilde barrio era así de especial: tenía varios nombres, un enorme polideportivo, el aeródromo más antiguo de España, grandes parques, recónditas zonas militares donde llegaban legendarios trenes que nadie había visto y aquella pasarela roja, cada vez más desvencijada y carcomida y que, en puridad, sólo usábamos los niños, ya que los adultos preferían traspasar la desierta vía. 

—¡Tened cuidado al subir! ¡Y no corráis! —nos avisaban alguna de las dos madres.

Y entonces, mi compañera de juegos y yo, haciendo oídos sordos, corríamos por la rampa de subida en zigzag hasta llegar a la cúspide. Nos encantaba cruzar por la zona alta, ya que la elevación que alcanzaba era muy considerable y vibraba a nuestro paso —no digamos cuando se nos ocurría ponernos a saltar—, resultando una pequeña aventura cruzar por ella.

En la actualidad, todo esto ha desaparecido —el paso elevado, la vía, el cuartel… bueno, la iglesia sigue ahí; hay cosas que el progreso no puede eliminar con tanta facilidad—, pero en aquel tiempo era como la separación de dos ciudades. La modesta pero moderna San Ignacio y la, en apariencia, humilde Parque Europa, con sus ortogonales edificios gigantescos de muchas plantas, terrazas pegadas unas a las otras e infinitos pisos en sus entrañas. Verdaderas colmenas que arquitectónicamente hablando me parecían un horror y que con el tiempo y tras observar con tristeza la construcción de los inenarrables pisos de protección oficial que germinaron por todo Madrid en las décadas siguientes, terminé por ver como algo que, dentro de su carácter funcional, no estaba tan mal.

En uno de esos geométricos edificios, en un piso bajo, vivía la abuela María...


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© 2021 por Mario Garrido Espinosa

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