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LA PANADERA, LA VECINA, LOS GITANOS Y LA CHINA

  • Foto del escritor: Mario Garrido Espinosa
    Mario Garrido Espinosa
  • 10 mar
  • 6 Min. de lectura

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Se cuenta que una panadería de barrio, humilde pero limpia y decente, tuvo la visita de una inspección de sanidad. Los funcionarios, tras acreditarse y mostrar la orden de inspección, se pusieron manos a la obra, revisando armarios, anaqueles, sacos, palés, harinas, amasadoras, cortadoras y hornos. Realizando incesantes y misteriosos apuntes en sus libretas. Con las caras concentradas, muy serias. Ni apuntes ni caras podían tranquilizar a nadie.

Diez minutos después entró doña Gertrudis, vecina, clienta y amiga de toda la vida de la dueña de la panadería.

—Conchi, ¿pero qué pasa aquí? —preguntó.

—Pues que me están haciendo una inspección —respondió la otra toda ofendida.

Doña Gertrudis, como si aquello le tocara en lo más profundo de su ser, torció el gesto y apretó los puños.

—¡Pues más valdría que se dedicaran a otra cosa! —espetó a los funcionarios.

Los dos inspectores, ignorando el comentario, siguieron trabajando con mucha flema. Ante la falta de atención, doña Gertrudis, contratacó:

—¡Eh, que les estoy hablando a ustedes!

—¿Cómo dice, señora?

—Pues eso, que hay otras cosas que deberían inspeccionar, en vez de a las tiendas honradas del barrio —dijo, con mucho retintín—. Porque, sin ir más lejos, por esta avenida hay un grupo de gitanos que van con el coche a trescientos por hora haciendo un ruido que pa qué…

—Sobre todo por la noche. Que no hay quien duerma —precisó Conchi.

—Y con la radio a todo volumen.

—Y cualquier día nos van a matar de un atropello…

—O del susto.

—Y dicen que andan robando…

—Y tanto… El otro día le birlaron el bolso a Chelo, la madre de Paquita, la del quinto A. ¡Los muy sinvergüenzas!

—¿Qué me dices? Con lo mayor que es la pobre…

—Sí, y la tiraron al suelo.

—¡Madre del amor hermoso! —exclamó la panadera y se santiguó.

—Pero oigan —interrumpió el inspector de mayor edad—, ¿todo eso qué tiene que ver con nosotros y nuestra inspección? Les recuerdo que es de sanidad… Para ese otro asunto, denuncien a la policía y ya está.

—Otros pobres: la policía —se quejó la vecina—. Si no pueden hacer nada contra estos sinvergüenzas… Tienen las manos atadas. Con las ganas que les tienen. Si lo sabré yo…

—Bueno, me parece muy bien todo —intentó zanjar el asunto el funcionario—. Y, ahora, con su permiso, vamos a seguir trabajando que tenemos otros locales que inspeccionar hoy.

—Eso, como saben que llevamos razón, pues cambian de tema…

—Señora, no quiero ser irrespetuoso pero, haga el favor, compre lo que tenga que comprar y márchese. Muchas gracias.

—¡Qué insolente! —insultó doña Gertrudis.

Los inspectores siguieron a lo suyo bastante contrariados. No era plato de buen gusto hacer su trabajo con un público tan adverso y vigilante.

—¡Eso, miren también ahí! —rugió Conchi—. ¿Qué quieren encontrar en el cajón de las herramientas? Si sólo hay rodillos viejos, cuchillos y paños.

—¡Lo que seguro que no vais a encontrar ahí es delincuentes y sinvergüenzas! —recalcó doña Gertrudis, siguiendo su cruzada contra el delito en general; así, en abstracto.

—¡Señoras, pueden hacer el favor de dejarnos trabajar de una vez!

—Pero… ¿Se puede saber qué demonios buscan? ¿Qué hace ese tío metiendo la cabeza en la cámara de fermentación?

—No buscamos nada en particular —contestó el inspector que no tenía la cabeza metida en ningún sitio, armándose de paciencia—. Seguimos el protocolo de revisión para los establecimientos como el suyo. Y ahora, si nos disculpa, vamos a seguir que ya no nos queda mucho.

—Ah claro —dijo la panadera, como si de repente hubiera tenido una revelación divina—, ya lo entiendo: como soy española y honrada, venís a por mí...

—No me digas más: es eso —remachó dona Gertrudis, sin aportar nada nuevo.

—Si fuera extranjera, o gitana o yo qué sé, seguro que no habíais entrado ni en el barrio… Y, ojo, que yo no soy racista. Soy súper abierta con los de fuera. ¡Súper abierta!

—Pero ¿qué dice señora? Haga el favor de…

—¡Pues está muy claro lo que digo! Que los que somos honrados en este país estamos vendidos… Porque yo pago mis impuestos religiosamente… No como otros.

—Como la china justo de aquí al lado, sin ir más lejos —apostilló doña Gertrudis, haciendo referencia a una tienda de alimentación que regentaba una mujer china justo pared con pared con la panadería—. Que seguro que no paga nada de nada—remató, haciendo referencia a una extendida leyenda urbana que dice que los ciudadanos chinos que montan una empresa en España no pagan impuestos; cosa que, tratándose de la inquisidora y absurdamente recaudatoria Hacienda española, resulta, en principio, poco creíble; aunque, como diría el clásico a propósito de las cosas que pasan en nuestra querida tierra: “Cosas veredes, amigo Sancho, que farán fablar las piedras.”

—Y lo tiene todo guarrísimo —documentó la panadera.

—Sí, huele mal nada más entrar.

—Y yo he visto cucarachas correteando por el suelo.

—Y hasta ratas. Del tamaño de un gato.

—Si parecen tigres.

—Y está todo amontonado.

—Y escupen en el suelo y no lo limpian.

—Ja, ja. Limpiar, dices. ¿Cuándo has visto que pasen una fregona? Nunca.

—Y abren todos los días, hasta en Navidad.

—Y, a veces, por la noche.

—Y yo nunca los he visto en misa. Nunca. 

—Y se comen a los gatos. ¿Te acuerdas, Conchi, antes de que vinieran estos la de gatos que había en el barrio? Pues oigan, ahora no ves ni uno.

—Es que no respetan nada.

—Y seguro que esconde algo ilegal ahí…

—Sí, porque yo he visto entrar a gente muy rara, portando cajas muy sospechosas, de vete a saber qué: drogas, alcohol, venenos, qué se yo…

—Y, además, esos que entran son unos sinvergüenzas —apostilló doña Gertudris, como si esta palabra, “sinvergüenza”, que tanto le gustaba usar para todo, aportara algo más a todo lo dicho ya.

—Pues eso… ¿Cuándo van a inspeccionar a la china de al lado? Porque motivos los hay todos —concluyó Conchi.

—Eh… Eso, ¿Cuándo? —remachó doña Gertrudis, que a esta alturas ya andaba escasa de argumentos.

Se hizo el silencio durante un minuto.

—Señora, hemos terminada —dijo uno de los inspectores a la panadera—. En unas semanas recibirá nuestro informe. Adiós.

Las dos amigas de toda la vida se apoyaron en la puerta del local a mirar cómo se marchaban los inspectores.

—Bueno, estos dos se han llevado lo suyo —dijo Conchi.

—Es que no hay derecho. Siempre vienen a por los mismos: A por los pobres y honrados. Con los otros no se atreven. ¡Qué sinvergüenzas! —apostilló doña Gertrudis, usando su calificativo favorito.

—Así es. Pero, mira, hoy se han ido calentitos.

 

***

 

El tiempo pasó y poco a poco se fue olvidando el incidente ante la falta de noticias sobre el mismo. Pero un buen día Conchi, la panadera española, honrada, limpia y ¡súper abierta! recibió una notificación certificada.

—Te puedes creer que ayer recibí una carta citándome a un juicio por un delito de odio —le dijo aquel día a doña Gertrudis en cuanto entró.

—¿Un delito de odio? Pero… ¿Eso qué es?

—Delito de odio contra la población china y gitana, dice el papel…

—Ah —infirió doña Gertrudis—. Eso fue por lo de aquel día de la inspección esa que te vinieron a hacer…

—¡Pero si todo lo que dijimos era verdad, ya sean chinos, gitanos, guatemaltecos, de Alcorcón o extraterrestres del espacio exterior! ¡Qué asco de país!

—Pues no te quejes, que aún podría ser peor… —dijo enigmática la otra.

—¿Peor…?

—Tú verás. Recuerda que la dueña del Chino de al lado es una mujer.

—¿Y qué?

—Pues que si tú fueras hombre, en vez de mujer, como eres, además de por odio tendrías que añadir una segunda acusación por machismo. Así, de gratis… Por ser hombre. De modo que, maja, date con un canto en los dientes…


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