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El calendario número 500

  • Foto del escritor: Mario Garrido Espinosa
    Mario Garrido Espinosa
  • 17 feb
  • 3 Min. de lectura

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Un día Antonio me entregó a escondidas un calendario de bolsillo. Yo empecé a coleccionar este tipo de accesorios cuando tenía ocho años. Me di cuenta que coleccionar cromos era perecedero y frustrante, ya que algún cromo nunca salía en los sobres de cinco pesetas. Así, el día de Navidad de 1980 mi tío Emilio me entregó una decena de calendarios nuevos que habían hecho en su imprenta. Luego yo junté los que pude conseguir en las tiendas del barrio y, mi abuelo Primitivo, al enterarse, buscó por su casa de Moratalaz todos los calendarios que tenía perdidos, ocultos en cajones o en libros. Me entregó un tesoro: 30 ó 40 calendarios antiguos, algunos de ellos de antes de que yo naciera —sin duda, los más valiosos de los 6000 que debo tener ya—. Con semejante lote, abandoné cualquier otra colección infantil y me centré en esta, hasta que treinta años después los teléfonos móviles modernos hicieran que llevar un calendario de bolsillo en la cartera formara parte del pasado. Acaso sea yo el único que todavía lo hace.

Pero me acuerdo especialmente de ese calendario que me dio Antonio. Era del año 1985 y por la parte de atrás figuraba la publicidad de “Adornos de Cabello y Bisutería Rafael Serna Nieto”, local situado en Colonia Hogar Ferroviario, 31. Mostraba a una mujer de cuerpo entero, vestida tan solo con unas bragas negras bastante grandes. Estaba tumbada sobre una especie de colchón que simulaba una agenda y, al lado, completaba el conjunto una pluma estilográfica verde del tamaño de la mujer, que en realidad era un artilugio hinchable. Un calendario de una señora con el torso desnudo, el primero que conseguía de esta descocada temática. Hasta ahora mi colección estaba poblada por paisajes, animales, publicidad, cuadros y cosas así… Puede que algún dibujo con un chiste picante, pero no había ni una sola fémina en cueros. Como los estudiosos de las estampas de los calendarios saben, las mujeres desnudas, aunque sólo sea en parte, es históricamente la temática más regular para adornar un calendario de cualquier formato. A pesar de ello, de momento, esta disciplina era inédita en mi floreciente colección. Pero Antonio decidió aquel día dejar la censura a un lado. Seguramente pensó que por joven que fuera, ya hacía mucho tiempo que me debían de gustar las mujeres, así que dado que no era nada pornográfico ni de mal gusto, aquel calendario tenía que formar parte de mi próspera colección.

Una decisión acertada, sin duda.

La casualidad hizo que aquella bella mujer, con su peinado ochentero y sus proporcionados pechos al aire tuviera el inmenso honor de ser el calendario número 500 de la colección. Así se escribe la historia.


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