Historias Cortas: Cambio de tebeos
- Mario Garrido Espinosa.
- 21 dic 2017
- 4 Min. de lectura

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La Mercería Laly era un comercio del barrio de San Ignacio de Loyola donde se cambiaban tebeos. Mi madre contaba con un lote de no menos de cincuenta revistas de historietas del momento: Mortadelos, Zipizapes, Pulgarcitos, Tío Vivos, DDT’s, etc… Cada tres o cuatro meses, tras una campaña de acoso y derribo por mi parte para que fuéramos otra vez a cambiar los tebeos, mi madre terminaba por sucumbir a mi pesada insistencia y cargábamos con las revistas hasta la mercería. Para mí era una jornada muy especial, casi como una fiesta.

El poco iluminado establecimiento, alicatado de misteriosos cajoncitos de madera en su pared del fondo, era de forma alargada, dividido por un viejo mostrador. La vieja que lo regentaba siempre estaba sentada en un taburete, con un brazo apoyado en el tablero, esperando la llegada de algún cliente. Cuando se abría la puerta, se levantaba pesadamente y te miraba de reojo, quizás por desconfianza o tal vez sólo por tener mala visión. A mí siempre me pareció una mujer huraña y recelosa, pero su hosca presencia no me restaba ni un ápice de la felicidad del día de cambio de tebeos.
La mercera revisaba primero los tebeos que traíamos. Cuando uno no le gustaba, por viejo, repetido o por ser de una colección que no reconocía, lo apartaba con desprecio, como si le hubiéramos intentado colar “gato por liebre”. A la vez los iba separando por número de hojas. Para ella, no era lo mismo un Súper López de la colección “Olé!” que un “Mortadelo Especial”, por ejemplo. Y es que a cada uno le aplicaba un precio distinto, siendo la diferencia de una o dos pesetas. Tras este riguroso espulgue y clasificación, empezaba a sacar sus lotes de tebeos de debajo del mostrador, ordenados por tamaños y calidades, siendo los más viejos y rotos los primeros que ofrecía. En ese momento iniciábamos la lenta búsqueda de algún ejemplar que no hubiéramos leído. Yo, que aun siendo niño no era tonto y estaba bien aleccionado por mi madre (que era la que pagaba, al fin y al cabo), pasaba los primeros lotes de manera implacable, rescatando algún tebeo en razonable buen estado, más por estrategia que por convicción. La vieja resoplaba cada vez que tenía que guardar un lote de tebeos mil veces manoseados sin que nos hubiéramos quedado con ninguno. Sabía que llegaría el momento en que tendría que sacar sus mejores piezas, y eso no le gustaba.



—Van y vienen siempre los mismos —decía, al ver que apenas cogíamos nada y entonces, contradiciendo sus propios argumentos, sacaba un lote de tebeos casi nuevos y de los últimos años. Era un juego de resistencia en el que cada vez éramos más duchos mi madre y yo.

Al final, hacía recuento de lo que habíamos escogido, separando por tamaños e incluso temáticas: revistas pequeñas, normales, extras, de superhéroes o de Conan (por las que curiosamente cobraba una peseta más que por las del resto de superhéroes publicadas por la misma editorial; quizás el cimerio le parecía más heroico que los demás y por eso se cambiaba a mayor precio) y las de la serie “Olé!” de Bruguera. Como ya sabemos, los precios de los cambios eran variopintos, pero el hecho de tener un mayor número de páginas siempre les hacía más caros, como si se pagara por el espacio que ocupaban bajo el mostrador. Los “Olé!” eran los de mayor precio. En concreto costaba cambiarlos un duro, que visto en perspectiva, me resulta bastante abusivo. La mujer, con esa extraña avaricia, parecía la bruja de un cuento, metida en su guarida disimulada como mercería, celosa de sus lotes de tebeos que le daban suculentas pesetas y que quería siempre conservar en su mejor estado, cual si fueran un tesoro similar al cuerno de la abundancia.
Llegados a este punto, la mujer empezaba a hacer las cuentas en un papel y las repasaba una y otra vez como si una equivocación en esa venta pudiera significar el cierre de su comercio. Mi madre pagaba y la mercera rompía el papel exactamente por donde estaba escrito, supongo que para poder utilizar el resto para una futura cuenta. Tras la entrega de tan extraña —y fraudulenta— factura nos íbamos con el cargamento. Una vez en la calle siempre repasábamos la cuenta, y es que a veces se equivocaba. Supongo que no era a posta, pero siempre era a su favor.
Me imagino que unos minutos después, la vieja revisaría los tebeos que habíamos dejado para depositarlos en el lote y posición correspondiente, según su estado, su grosor, su colección, su temática y sus manías clasificatorias. Esa visión enfermiza y meticulosa ahondaba en la percepción huraña que teníamos del local y su dueña.
Con el tiempo dejamos de ir porque no conseguíamos cambiar ningún tebeo; «van y vienen siempre los mismos», como no se cansaba de decir la mercera.
Los años pasaron y la mercería se convirtió en una tienda de alimentación de los Chinos. Otra más de las que asolan el barrio, quitándole así parte de su personalidad y de su historia.
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