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"No hay medicina que cure lo que no cura la felicidad", Gabriel García Márquez. Antes de entrar al paraíso

  • Foto del escritor: Mario Garrido Espinosa
    Mario Garrido Espinosa
  • 9 sept 2018
  • 2 Min. de lectura

Actualizado: 7 ene

Mujer desnuda en un baño de leche y cítricos

—Hola, tenía reservado un tratamiento para esta hora —dijo muy a su pesar Teodomiro.

—Muy bien. —El muchacho revisó la pantalla del ordenador unos segundos—. ¿Don Teodomiro Lealdini?

—Sí.

—Estupendo. Por favor, espere en esta sala. En seguida vendrán a buscarlo.

El hombre entró con obediencia perruna donde le habían indicado. A la sala se accedía tras atravesar una malla de tiras verticales de cuentas de colores que colgaban del dintel de la puerta. Al moverse y chocar unas con otras, emitían un sonido agradable. Como el de una ola lamiendo una playa llena de conchas. En la habitación había bastante penumbra. Cuando las tiras de cuentas volvieron a su posición normal, la oscuridad hizo que las pupilas del hombre se dilataran buscando la adaptación a aquella oscuridad. Pero fueron otros sentidos los que se encargaron de dar sensación de placer: primero el olfato, olía ligeramente a rosas; y segundo el oído, ya que sólo se escuchaba el agua repiqueteando y cayendo sobre la pileta de una fuente estilo árabe, sacada de algún cuento de Las Mil y Una Noches. El ambiente y la quietud invitaban a la relajación, así que se sentó en el primero de los ocho mullidos sillones que rodeaban la fuente y miró al techo, donde todo estaba oscuro y unas minúsculas bombillas de colores se encendían y apagaban lentamente, consiguiendo simular un bello aunque imposible cielo estrellado.

Portada de la edición en papel de “La Felicidad era esto”
Portada de la edición en papel de “La Felicidad era esto”

«María Luisa, querida, estoy aquí porque tú me lo has pedido. En la rampa de salida. Como un valiente. Espero que estés muy orgullosa… Lo que no haga por ti».

Teodomiro suspiró y en mitad de la acción pegó un brinco. Había otra persona allí observándole, justo detrás de la fuente, parapetada por la oscuridad.

—Hola —dijo la mujer con la que compartía la estancia, tras saberse descubierta.

—Eh… Hola —saludó Teodomiro, recuperado en parte del pequeño sobresalto. Entornó los ojos para ver con quién hablaba. Era una mujer mayor—. ¿Cómo está usted? —preguntó cortésmente.

—Pues muy bien, hijo. Aquí se está muy bien, ¿verdad? De maravilla. En la gloria.

—Sí, esta sala es muy relajante.

—Y lo bueno es que la gente no la conoce y pasa de largo.

—Es verdad. Yo he entrado porque me han dicho que espere aquí. Si no nunca habría pasado. Es que tienen que venir a buscarme para un tratamiento.

—¡Qué casualidad! A mí también.

Y como si aquella habitación fuera suelo sagrado y representara un pecado imperdonable romper la quietud con una anodina conversación, los dos se callaron y se recostaron cada uno en su sillón, escuchando el discurrir del agua, oliendo las flores y mirando las estrellas.

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Un relato sobre un viaje interior, no exento de erotismo y humor, donde experimentar la paz y la alegría de la verdadera felicidad.

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