Notas de Campo: Baño de algas
- Mario Garrido Espinosa
- 22 jun 2021
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 12 feb

Una joven pareja se fue de vacaciones a la playa. Al tercer día cambió el tiempo y, tras una noche de resaca y mar revuelta, la arena apareció alfombrada por todo tipo de algas.
—Podíamos coger unas cuantas de estas y prepararnos un baño de algas. Tienen muchas propiedades, ¿sabes? —propuso ella, naturista, mientras daban un paseo por la orilla.
—¡Qué buena idea! —consintió él, picarón.
—Ya verás qué piel más tersa y sana nos va a quedar. Se nos van a ir todas las impurezas, puntos negros y esas cosas —aventuró ella, homeópata.
—Pues hala, al lío —animó él, trabajador.
Llenaron una bolsa de buen tamaño y la vaciaron en la bañera del hotel. Después echaron agua caliente. Al poco, las algas empezaron a flotar y a desprender la mucha arena que albergaban.
—¡Qué fastidio! —resopló ella, mosqueada—.Hay que quitarla si queremos estar cómodos.
Así que la joven pareja se inclinó en la bañera, devolvió los organismos verdes a la bolsa y sacó la arena como pudo.
Con las algas otra vez en la bañera, abrieron el grifo y estas volvieron a soltar otro reguero de arena. Y la joven pareja, resignada, repitió la operación. Y así hasta cuatro veces.
—Pues me estoy dejando las lumbares recogiendo arena como si fuera un obrero de la construcción —dijo él, quejica.
—Ya, y yo —reconoció ella, afirmativa.
—Podíamos haberles quitado la arena en la playa, oreándolas con el agua del mar y eso —dijo él, competente.
—A buenas horas, mangas verdes —respondió ella, refranera—. Aunque mucho me temo que hubiera dado igual. Hasta puede que cogieran más arena…
—No creo —negó él, negativo.
—Que sí, hombre, sí —afirmó ella, severa.
—Bueno, en cualquier caso, ya sabemos la razón por la que pesaban tanto las putas algas… que no era cosa solo de que estuvieran mojadas —coligió él, solvente.
—Ahí si te doy la razón —concedió ella, ecuánime.
Y con esta alegre conversación, a base de doblar el espinazo una y otra vez, por fin, el baño quedó listo, con una cantidad de arena asumible y las algas de varias tonalidades verdes cubriendo totalmente la superficie del agua; formando un improvisado cuadro de arte moderno de esos que se realizan con la esmerada técnica de volcar sin más cubos de pintura sobre el lienzo.
—Y esto… ¿No nos producirá urticaria o nos desollará la piel, o algo? —sospechó él, preventivo.
—Que no, que es muy sano. Recomendado para el cuidado de la piel y eso —repuso ella, versada.
Entonces el joven, valeroso, metió un pie.
—¡Arggg! —exclamó, escaldado—. ¡Esto está ardiendo! Y en cuanto lo mueves huele a perros muertos.
—Bueno, pues echa agua fría. Y jabón —ordenó ella, resolutiva.
Después de varias correcciones de temperatura y aroma y de gastar un tarro entero de gel, la mujer se sumergió en la inquietante y pastosa espuma blanca moteada de hilos verdosos que se había formado. Luego le tocó el turno a él.
—No quepo —dijo, valorativo.
—Que sí. A ver. Pon ese pie aquí debajo —ordenó ella, meticulosa—. Y el culete encima de mi pierna.
—¿Donde? —preguntó él, confuso.
—Aquí. Eso es. Ahora apoya el costado en el grifo... —dirigió ella, metódica—. Bien, ahora yo paso mi brazo por la espalda y la pierna por encima de tu hombro.
—Y, ¿ahora qué? —inquirió él, temeroso.
—Esa otra pierna, estírala por debajo de mi otro brazo todo lo que puedas y déjate caer despacio —dirigió ella, calculadora—. Poco a poco.
—¡Va a rebosar el agua! —exclamó él, azorado.
—¡Qué no! —negó ella, tozuda.
De repente se escuchó un chasquido y los cuerpos quedaron acoplados en una extraña postura. La posición no era del todo cómoda pero el agua caliente les cubría hasta el cuello. Cerraron los ojos y suspiraron. Las algas hicieron su efecto y les dejaron la dermis suave y llena de propiedades. Sin una impureza. Como la piel de un recién nacido. O casi.
Y allí se quedaron anquilosados hasta que el agua se enfrió.
—¿Y qué hacemos ahora? —preguntó él, irresoluto.
—Pues salir de aquí, evidentemente —respondió ella, clarividente.
—Pero, ¿cómo? —quiso averiguar él, indeterminado.
La mujer comprobó que no podía menearse. Estaban atrapados. Encajados como dos mecanismos pensados para ser ensamblados sin vuelta atrás.
—¿Te puedes mover? —preguntó ella, encogida.
—No. Ni un milímetro —respondió él, acongojado.
—Eh… ¡Llama a los bomberos! —gritó ella, angustiada.
Pero sus móviles estaban sobre las mesillas de la habitación. Muy lejos de su alcance.
Moraleja: no sean tan listos y dejen los baños de algas para su spa de confianza.
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