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Sin piedad y sin vergüenza

Foto del escritor: Mario Garrido Espinosa
Mario Garrido Espinosa
25 ago
5 min de lectura
Mercado de Las Águilas en Madrid
Mercado de Las Águilas en Madrid

Situémonos en un martes de la segunda quincena de agosto. En un conocido bar del barrio de Las Águilas de Madrid, que hace esquina con el siempre concurrido mercado que lleva el mismo nombre del barrio, se apelotona más gente en las mesas de su terraza de las que uno espera en esa semana que media ciudad anda de veraneo.

Mi pareja y yo llegamos con ánimo de desayunar a eso de las 10:30 y observamos que solo queda una mesa al sol. En la churrería de enfrente, que nos gusta menos, la cosa no está mucho mejor, ya que hay hasta una fila de gente aguardando para coger mesa.

—En fin, sentémonos y esperemos que alguien se levante para cambiarnos —decide mi contraría sin que yo vea otra solución mejor.

Observo que la mayoría de las mesas no tienen ninguna de sus consumiciones servidas, lo cual me da poca esperanza de no terminar calcinado bajo el sol de Castilla del que tanto presumimos en la capital; pero me callo, por no añadir más épica a la situación.

Justo al lado una mesa, que sería para cuatro personas, alberga a no menos de siete jubiladas que despotrican con oficio; como si fuera cosa de todos los días, exista motivo o no.

—¡Y sigue faltando mi tostada!

—¡Y la mía…!

—¡Y mi café está frío!

—Y a mí me ha traído mermelada de melocotón… ¡Y mira que siempre la pido de fresa! ¡Pues ni caso! ¡La primera que pillan!

—¡Si es que llevamos media hora aquí!

—Medía hora dice… Yo llevo desde las nueve y cuarto y todavía no me han servido nada.

—Pues no sé por qué venimos siempre a este mismo sitio —amonesta una con la nariz ganchuda e ínfulas de líder—. Porque ahí enfrente tenemos otra cafetería y dentro del mercado hay otras dos.

Nadie responde a esta propuesta. Como si el café de los otros bares no fuera tan bueno, o fuera más caro o no quisieran estar dentro de un mercado, entre cuatro paredes oliendo a pescado o cualquier otra mercancía, en vez de a la sombra de los árboles en una terraza al aire libre.

Ante la falta de seguimiento, la de la nariz ganchuda, mira a su aquelarre y tuerce el gesto en un mohín que ni en la malvada bruja del Oeste del Mago de Oz hubiera resultado tan inquietante. Las otras apartan la mirada. En esto viene el camarero cargado con cafés y tostadas, montadas unas sobre otras, formando una imposible construcción de equilibrio circense. Descarga el material sobre la mesa de las abuelas y pide mil disculpas que no son aceptadas.

—¡El café viene frío!

—¡Claro, como ha tardado tanto!

—¡A mí me has traído azúcar y te pedí sacarina!

—¡Y sigues sin traerme mi tostada!

—¡Su tostada la tengo encima de la barra del bar! —se excusa con infinita paciencia el camarero—. Ahora enseguida se la traigo… pero es que no podía traer más cosas en este viaje.

El camarero, ya con la bandeja vacía, con aspecto preocupado y nervioso, levanta la voz de repente:

—¡Perdonen! Pero es que nos hemos quedado sin gas y el del butano que tenía que venir hoy a primera hora no ha venido hasta hace un rato. Además, el del pan también ha venido con retraso. Tenemos sólo dos planchas y son muy pequeñas. Están todos ustedes esperando, ya lo sé. Hacemos todo lo que podemos. Perdonen por la espera.

Todo el mundo asiente haciéndose cargo del problema que explica el camarero. Todos menos la mesa de las jubiladas, que hace oídos sordos e insiste con lo suyo.

—Ya… ¡Pero yo llevo ya una hora aquí! —dice la que llegó a las nueve y cuarto, que lleva muy bien la cuenta horaria; igual que un comisario de atletismo haría ante la inminencia de un record mundial.

—Y mi café está helado —insiste la otra, como si una mañana de agosto en Madrid fuera capaz de congelar un café que pusiéramos a la intemperie.

—¿Y eso que tiene que ver con mi sacarina…? —tercia una tercera, quizás con algo de razón, pero sin ninguna intención de dar cuartel a los empleados del establecimiento.

—¡Esta es la nuestra! —digo yo a mi pareja cuando veo como un señor se levanta de una mesa a la sombra para marcharse.

Nos cambiamos en un movimiento relámpago y el camarero se nos acerca para tomarnos nota.

—Tendrán que esperar un poco…

—No pasa nada.

La mañana sigue su curso con la lentitud de las circunstancias y las incesantes protestas de las jubiladas, a las que se les ha unido un par de elementos más que han venido con retraso y fuerzas renovadas, exigiendo sus consumiciones para ya. El camarero, después de aguantar por parte del aquelarre un sinfín de comentarios del tipo «no hay derecho», «esto es inaceptable», «unas hemos acabado y otras ni han empezado», «el café está frío» o «falta mi tostada»… otra vez vuelve a levantar la voz:

—¡Perdonen todos! ¡Estamos teniendo problemas en cocina! ¡Por eso hoy están todos invitados! ¡Todos invitados! ¡Y mañana será otro día y seguro que será mejor!

—¡Aquí siempre es mejor! —responde un parroquiano que se hace cargo del problema—. Y yo, desde luego, pienso pagar… por supuesto. Esto son cosas que pasan y hay que hacerse cargo… Ni que pasara todos los días.

Las abuelas no están muy de acuerdo con la opinión del señor pero parece que el hecho de no tener que pagar las ha apaciguado un poco; con todo, no renuncian a seguir soltando algún comentario, pero eso sí, ahora por lo bajini.

—¡Madre mía! —exclama mi pareja—. ¡Es que no paran! ¿Te imaginas lo que debe ser hacer un viaje con el Inserso y que te toque a este grupo en el autocar, en el restaurante, etc…?

—Pues te arruinan el viaje…

Los distintos clientes, jóvenes, viejos y de cualquier edad, van terminando su desayuno y van pagando religiosamente. Todos rechazan la invitación del camarero y, de cualquier modo, le dan las gracias por el gesto.

Aprovechando que anda con el datáfono, le pedimos que nos cobre.

—Parece que esta gente no ha tenido nunca un problema en el trabajo —le digo yo, sin ninguna intención de bajar la voz—. O quizás es que no han trabajado nunca.

—Ya...

—Mira, yo he trabajado de cocinera —le dice mi pareja, poniéndose en su lugar—, y sé lo que es estar ahí y que no puedas sacar las cosas y estén aquí los clientes esperando…

—Sí, gracias —agradece el camarero—. Mi compañera, en cocina, la pobre se ha puesto a llorar de los nervios…

Y entonces, a pesar de haber escuchado nítidamente lo que acaba de decir el camarero de su compañera, las nueve abuelas se levantan tranquilamente y cada una se marcha por su lado despidiéndose unas de otras hasta la mañana siguiente. Y así, con la máxima naturalidad y oficio se esfuman sin que ninguna de las nueve haga el más mínimo intento de sacar la cartera para pagar.

Muy dignas, altivas y llenas de razón.

Sin piedad y sin vergüenza.


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